¡Mucho cuidado con las palabras!

Antes de que las palabras salgan de nuestros labios debemos medir el alcance de las mismas.

 Convendría que nos preguntáramos: ¿Haré bien o mal al decir lo que me propongo?  Si tenemos duda lo mejor que podemos hacer es callar no sea que después tengamos que arrepentirnos de haber dicho la palabra impropia o bien que pudiera ser mal interpretada.

 Con nuestras palabreas podemos enfriar la fe del hermano débil, apagarle el entusiasmo a un joven principiante, fomentar rumores insidiosos, promover disputas entre personas amigas, llevar al descrédito a un hombre honrado, mancillar la conducta de una buena mujer para siempre, impedir la realización de las aspiraciones de un buen muchacho, sembrar la mala semilla de chismografía en una vecindad, ensombrecer de dudas el espíritu de un fiel creyente y, en fin, es tanto el daño que podemos hacer con nuestras palabras!

 Limardo, Luces Encendidas

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